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Terra
La Coctelera

Querétaro y Santiago

La intransigencia religiosa tiene un
valor casi místico si es que haya una explicación para todas las apariencias de la
Virgen por el mundo. Hasta el pueblo entero de México -o mejor dicho sus católicos-
tiene su propia virgen mestiza. El fervor religioso parece inspirar un toque aún
más maravillosamente real cuando se incorpora la violencia, capaz de decelerar
el paso de tiempo hasta que pase como un video saltando de pausa a pausa, según
los testimonios de muchos veteranos y decenas de representaciones
hollywoodenses. Puede que explique la aparición de la nada de Santiago en la
famosísima ‘batalla’ de Clavijo la pasión en sí o quizá su mezcla con la
violencia, capaz de crear extraños fenómenos místicos. Así es el caso en las
afueras de la actual Querétaro en México, ciudad a poca distancia del D.F.,
donde conquistadores en batalla contra los indígenas nativos a la región
supuestamente recibieron la ayuda de una aparición de Santiago, otro ejemplo
del echo de que la empresa conquistadora no fue nada más que una extensión de
la reocupación cristiana en Iberia.

Wolf Schneider, Tomoko y Misaki: encuentros internacionales por Castilla-León

Aunque necesitaba
la soledad del Camino cuando emprendimos nuestro recorrido de El Burgo Ranero a
León, tampoco esperaba encontrarme con gente que marcaría de manera positiva mi
experiencia de andar el mes pasado. Saliendo temprano la mañana del viernes del
hostal, me pacificó el ritmo constante de mis suelas sobre el piedrín crujiente
del camino, gozando de la soledad que poco a poco aliviaba mis preocupaciones
que tienden a hundirme de vez en cuando. Pensé en el tomo machadeano de “Campos
de Castilla”
y seguramente me habría escapado a los
versos en mi cabeza si el camino se hubiera apartado de la carretera
secundaria, mi único compañero, hasta llegar al poblado de Mansilla de las
Mulas.

Irónicamente, la soledad que quizá haya
avanzado mi propia melancolía pudo aliviarla a lo largo de los días de caminar,
limpiando y filtrando a cada paso lo que me intoxica, me aterroriza y congela.
En estos momentos, el contacto social es más bien un castigo que trato de
evitar aunque mi estadía en Mansilla de las Mulas me introdujo a un hospitalero
alemán que lleva más de una decena de años en el Albergue Municipal de
Peregrinos y fue sólo uno de varios que contradijeron ese impulso de aislamiento. Wolf Schneider, con el cariño de un abuelo, preparó un baño para remojar
los pies cansados de un caminante alemán que estaba en medio del recorrido de
Roncesvalles a Santiago. Pocos minutos después, se dedicó a pinchar y vendar las
ampollas gigantescas y de los pies de Misaki y Tomoko, dos estudiantes
japonesas del español también con destino en Santiago. Me ofreció el mismo
servicio pero le negué, vergonzosamente admitiendo que había empezado ese mismo
día. Me preguntó de de dónde era y pronto llegué a entender que las fotos que
cubrían las cuatro paredes de su despacho / tienda / salón en el albergue
representaban una pequeña fracción de las amistades que ha entablado con
peregrinos de todo el mundo que habían pasado por el albergue. Esa noche,
preparando una pasta de transeúnte, hecha de bonito, salsa roja y un montón de espagueti,
disfruté de la compañía de Misaki, Tomoko y el alemán, permitiéndome unos
momentos de contacto social a base de un extraño pastiche de lenguas salpicado
por sonrisas y un poco de vino casero. Entre la soledad del Camino que me ayudó
a esclarecer los últimos meses, doy las gracias a ese fenómeno tan propio al
Camino de Santiago, donde uno se encuentra con un sinfín de personas de todo el
globo, todos oliendo un poco a sudor y sufriendo de diferentes niveles de
cansancio pero todos con esa misma alma tan entrañable de viajero en busca de
respuestas, dispuesto a dejarlo todo a un costado mientras disfruta del
contacto de los compañeros de ese día, tan efímeros como necesarios.

Miradas apocalípticas: Beáto de Liébana y Abd al-Malik ibn Habib

Curiosamente, al empezar unas
investigaciones sobre la Inquisición en España, encontré un artículo sobre
Al-Andalus en el siglo IX, que poco tenía que ver con el método de control y
cohesión usado por la corona española. Sin embargo, sí encontré un vínculo
interesante entre Beato de Liébana, del siglo VIII, y Abd al-Malik Ibn Habib,
jurista y erudito islámico del siglo IX. En la época de la llamada “Reconquista”,
la amenaza islámica y un impulso milenario fechó la Apocalipsis en el año 800;
según este pronóstico, con el fin llegando tan pronto, cristianos debían
mantener la calma ante la presencia del islámico, el anticristo. De manera
paralela, eruditos islámicos en el siguiente siglo también vieron una amenaza
de índole apocalíptica en la presencia del creyente ajeno, aunque fuera “del
libro”. De hecho, para Ibn Waddah e Ibn Habib, las señales de los “últimos
tiempos” venían de las corrupciones promulgadas por los judíos y cristianos mismos a
su alrededor. Con la semejanza que viene de compartir la tradición abrahámica
con el judaísmo y el cristianismo, la visión apocalíptica difundida por eruditos
islámicos parece ser un paralelo de la visión de destrucción presentada la Revelación biblíca, con un viento rojo mandado por Allah desde el Este, con millares de
huidos convertidos en monos y cochinos y muchos más convertidos al judaísmo o
al cristianismo. Divisiones a base de religión se establecieron en la
estructura jurídica del estado islámico y aunque existiera una cierta coexistencia,
parece que el enfrentamiento político-religioso entre el Islam y el Cristianismo
en la Edad Media en la Península Ibérica creó representaciones malévolas del
otro, la presunta causa de futura destrucción. ¿Orígenes de nuestra propia era violenta? Digo que no, pero la demonización del otro sí se presenta en ambas épocas. Me pregunto, entonces, ¿cómo facilitar el impulso, no menos superficial pero ciertamente más pacífica, de exotizar al otro, convirtiéndolo en objeto de fijación en vez de amenaza apocalíptica?

[Safran, J. “Identity
and Differentiation in Ninth-Century al-Andalus” Speculum,
76:3 pp.573-598]

Un protestante evoca a Lutero...

Bueno, empiezo por decir que no me gustan las tachas pero puede que este artículo refleje mi hondo espíritu "calvinista" y "luterano". Por suerte, la Santa Inquisición terminó en 1833 o no lo publicaría. Elaborando sobre la experiencia de entrar al recinto de la Iglesia de San Pedro, tengo que admitir que la cosmovisión católica me confunde. Sé que a lo mejor tiene todo que ver con mis experiencias como niño, adoctrinado en una iglesia sin confesión específica pero totalmente protestante. La ausencia completa de estatuillas y adorno hace que cualquier entrada hoy en día a un recinto católico me resulta parecido a entrar a una casa llena de cachivaches (aunque en este caso, cachivaches dorados o sangrientos). En el recinto de memoria, el único símbolo cristiano era la cruz sobre el altar. Nada más, nada menos. Estudiando toda la iconografía santiaguera -y católica en general- lamento la escasez de símbolos en mi tradición, aunque tampoco diría que comprendo cómo se ha desarrollado un culto a personajes secundarios a la Trinidad, otro concepto que tampoco me parece tan monoteísta a veces. No es que abogue por el Adopcionismo de antaño, pero leyendo uno de los pamfletos que recibí del Arzobispado la semana pasada, me sorprendió que una de las metas de la Iglesia siguiera siendo la de propagar el rendimiento de culto a personajes como Santiago Apóstol durante una nueva altura en el avance secular. ¿No debería enfocarse en las figuras centrales al catolicismo en su búsqueda de una renovación espiritural del país? La figura de Santiago -¿todavía un portentoso símbolo nacional-religioso?- como elemento de marketing religioso no me parece muy eficaz. Siguiendo las calumnias de lutero, no veo cómo la reverencia o profunda admiración de personajes secundarios y hasta muy periféricos puede convertirse en un culto hacia ellos, especialmente, con respecto a Santiago, teniendo en cuenta la innegable construcción apócrifa de su personaje histórico. Por ende, a mi parecer de adoctrinado y agnostizado, la noción de construcción, la huella ficticia, parece sobrepesar cualquier manifestación concreta de lo sagrado, en personaje o en hecho. ¿Es acaso un legado de la Roma pre-cristiana lo que impulsa el florecimiento de este "coro" sagrado? Sin embargo, quizá sea ese viejo elemento de la inventio, la hierofanía, que impulsa el culto a tantos santos. Puede que estas figuras en carne y hueso (en su momento) representen una vía tangible a la fe e incertidumbre de lo sagrado. No puedo dejar de pensar que ese protestante alemán del siglo XVI no se llevaría tan mal en una sobremesa con un iman del Califato cordobés, al recordar la shahada: Lā 'ilāha 'illā-llāhu Muhammad rasūlu-llāh.Aunque me resulte extraño que personajes secundarios al pilar de la fe sean las vías escogidas por muchos para alcanzar un entendimiento de lo sagrado, tampoco puedo dejar de admitir que no me molestaría tener algunos cachivaches en mi tradición con los cuales pudiera identificar; ¿serían capaces de derretir un hondo agnosticismo?

La credencial...

Sacando la credencial de peregrino el viernes pasado, me aproveché de la oportunidad de visitar una sección de la ciudad donde casi nunca me encuentro: la zona de Ópera y el Palacio Nacional. La dependienta del kiosco en frente de La Almudena de haber reconocido que vivía al otro lado de la ciudad, convirtiéndome efectivamente en turista al ambular por la zona de Austrias porque me aconsejó que cuidara mi billetera de ladrones. Con suerte, no me topé con uno ni vi a nadie con cara de sospechoso. Después de perderme (sí, ya lo sé, la puerta al Arzobispado queda a quizá 30 metros del kiosco donde había comprado unos postales) pasé por la puerta del Arzobispado y me di cuenta de la gran variedad de funciones sociales todavía asociadas con la Iglesia, aún si ya no tienes que celebrar tu boda en una ceremonia relámpago en una iglesia como lo retrata la película El verdugo. Decidí no pasar al despacho para certificados de matrimonio y bautizos, procediendo por el zaguán y doblando a la izquierda para llegar a otro pasillo y colección de pequeños despachos. Llegando a la tercera puerta, toque tímidamente, tres veces. Una voz baja contestó y me dijo que entrara. Al fondo, sentado en frente de una computadora -¿qué escribía? me pregunto- se volteó y me saludó, preguntándome por qué había venido. Le dije que solicitaba la credencial de peregrino y con los manierismos de un funcionario que ha preguntado la misma cosa un millar de veces empezó a recoger una copia de varios papeles. "¿Nombre y apellidos?" Peter. Johnson Ervin. No no no. Con v no con w. E-R-V-I-N. Sí, así está bien. A pie. ¿Con quién? Bueno, es que voy con compañeros de una clase. Sí vamos estudiando el Camino y su contexto histórico. ¿Americano? Bueno, sí. "Entonces me parece que ya he rellenado varias credenciales para tu grupo", me dijo. En otro movimiento de funcionario cansado -ya casi era la una- me dijo que mis amigos me podrían contar lo que el se los había contado acerca del Camino y su importancia. En vez de repetir el discurso, me dijo, me entregaba una fotocopia explicando el Camino y su arraigamiento bíblico. Con otra hoja con distancias entre paradas en el Camino, sólo faltaba su último recado. Que volviera y que relatara mi experiencia. "Para que la gente sepa que la juventud es más que botellones. Ah y una cosa más: que leas a Lucas. Allí encontrarás la conexión que lo explica todo. El peregrinaje tiene sus orígenes con Jesús. Le deseo mucha suerte. Adiós". Con eso, me fui, contento de que ya estaba un paso más cerca de empezar con mi camino. De regreso al metro, tuve que reír pasando por las estatuas que conmemoran el legado visigodo, con retratos de reyes cuyos nombres, además de algunas caras, causaban espanto. Me pareció bastante apropiado que de camino a casa con mi credencial hubiera visto un monumento -de hecho, varios- a ese pasado lejano, vinculando España con el imperio visigodo exactamente como lo había hecho la naciente monarquía asturiana. Parece ser que la legitimidad, en muchos casos, depende en una conexión con el pasado, cosa que explica cómo la Iglesia todavía sirve como supervisor de una tradición ya hace mucho secular.

Aventuras románicas, 3.

Al acabar con una larga semana de exámenes, puedo finalmente añadir lo que me faltaba de mi visita al Prado. Si hubiera descrito los frescos la semana pasada, no hubiera ido más allá de su forma e imagen. Gracias a la ponencia del profesor Larrañaga este jueves pasado, puedo enfocarme en una conexión más honda con la cosmovisión cristiana medieval vista en los frescos de la Iglesia de Maderuelo. Como notamos en el canto "O Dei Verbum" del Beáto de Liébana (que parece ser uno de los puntos de arranque de la inventio y la sucesiva conexión entre Santiago y España) la iluminación era un elemento religioso importantísimo en aquel entonces y frecuentemente usada como metáfora para Jesús. Como dijo el profesor Larrañaga, muchas veces hay escenas paralelas en la iconografía románica que enfatizan el papel anunciador del Viejo Testamento y su cumplimiento con la llegada iluminada de Cristo. Inmediatamente, pensé en los frescos de la Iglesia de Maderuelo. A unos 20 metros de la entrada Goya del Prado, el espacio interior de la Iglesia ha sido recreado con exactitud; literalmente han construido las paredes y el techo como existen en Segovia pero cualquier rasgo disneyano se borró cuando pasé por el umbral de la capilla y vi las imágenes sorprendentemente intactas. Me costó un poco de tiempo y reflexión pero finalmente me di cuenta que la pared sobre el umbral retrataba el jardín de Edén y el pecado que nace con Adán y Eva. Al lado opuesto, la pared detrás del altar, retrataba la imagen de un cordero, clara referencia al sacrificio, que se ata al martirio de Jesús, cuya sangre nos salva del pecado retratado en la cara opuesta de la capilla. Como un retrato del divino, también hay semejanzas con la imagen del flor tomado del impulso geométrico del arte islámico: las paredes de los costados están cubiertos por los doce apóstoles, con seis a cada lado, envolviendo el espacio sagrado como la diapositiva del Beato de la Jerusalén celestial, con tres apóstoles en cada costado, rodeando el cordero simbólico en el centro. De ahora en adelante, tendré que apreciar lo que veo del románico con una perspectiva más crítica. El recurso del vulgo, como dice Ramón, es el mero asombro superficial.

Aventuras románicas, 2 (continuación)

Enfrentando el desafío de la muchedumbre turística que frecuenta el Prado a toda hora, pasé por algunas salas esta mañana en mi búsqueda del románico y de la iconografía santiaguera en Madrid.
Ya que estaba en el palacio madrileño del arte, demás de ver algo del románico y algunas imágenes de Santiago el mayor, pude ver Las meninas de Goya y uno de mis cuadros favoritos, Adoración de los Magos, de Rubens.

El cuadro de Rubens me hizo pensar en la iconografía religiosa general -también fomentado por la cantidad de salas que tuve que traspasar, repletas de imágenes religiosas icónicas para llegar a los cuadros que buscaba- y cómo el talento increíble de maestros como Rubens pueden avanzar sutil y hasta subliminalmente el culto religioso. El magisterio y la maravilla que la técnica de Rubens captura en el cuadro es imposible de separar del momento ya tan famoso como mítico del nacimiento y presentación del nene Jesús.

Después de unos minutos en frente de la obra de Rubens, llegué a mi meta, un cuadro de otro pintor barroco, Guido Reni. Su retrato poderoso de Santiago es el primer ejemplo iconográfico del matamorros que he visto en Madrid. Pese a su fama como el defensor de la fe en tierra ibérica, la imagen reniana de Santiago es indudablemente la más pacifica que he visto. En una representación simple, Santiago tiene un aire devoto, mirando hacia el Cielo, con las manos unidas en piedad. Ante un fondo oscuro, la única fuente de luz viene desde arriba, recalcando el origen divino de la iluminación. En este cuadro, tan distinto a la imagen típica de un Santiago, espada en mano sobre un caballo blanco, podría ser la representación de cualquier asceta. Sin embargo, además de su humilde indumentaria, otra imagen iconográfica del culto de Santiago, más allá del caballo blanco y la espada, el bordón, revela su estatus como peregrino. Al pensar en las imágenes secundarias atadas a la figura de Santiago, me parece que un gran conflicto se establece entre su representación como asceta y como cruzado. Aunque el caballo
y la espada tengan fuertes asociaciones con Santiago -por lo menos en España- de igual fuerza son los iconos de su devoción más pacífica y espiritualmente interiorizada: la concha marina y el bordón. De ahí, veo un lazo fuerte con una contradicción innata en la fe islámica de aquel entonces, entre la llamada “Guerra
Santa Grande”, una guerra
interna
, con el propósito de mantener la devoción propia ante la “Guerra Santa Chica”, una guerra externa con fines de enfrentamiento con seculares, ateos y
paganos. Iconos e imágenes, tan bellas como sutilmente potentes están cargadas con mensajes que nos propulsan a devoción, una fuerte creencia espiritual y en ciertos casos, impulsan una cosmovisión que avanza oposiciones fuertes hasta promover violencia. En el caso de Rubens y Reni, el magisterio de la iconografía cristiana conlleva todo la emoción de asombro sin impulsar el fanatismo que algunos leen tanto en la “Guerra Santa
Chica” como en el Santiago a caballo, su espada blandida.

Aventuras Románicas, 2

Voy al Museo del Prado mañana para ver los frescos de la capilla de Maderuelo ubicado en Segovia. Reflexiones y comentarios sobre otra de las muestras artísticas del románico en Madrid cuando regrese del museo. Un punto de partida: ¿Quién supiera que estos famosísimos frescos originaron una una capilla tan humilde como la de la foto adjuntada? Increíble. Nunca dejará de fascinarme la calidad y cantidad de arte religioso de la época del románico, tanto fuera como dentro del culto a Santiago. Ni soy capaz de reproducir un dibujo de palitos. Definitivamente no me hubieran encomendado para incrementar el magisterio cristiano a través del arte plástico. ¿Capaz de fomentar iconografía? Sólo si el buen gusto estético no sea un requisito.

Maderuelo y quizá una búsqueda de imágenes santiagueras en mi paseo por el museo mañana...

ultreia,

P.