Bueno, empiezo por decir que no me gustan las tachas pero puede que este artículo refleje mi hondo espíritu "calvinista" y "luterano". Por suerte, la Santa Inquisición terminó en 1833 o no lo publicaría. Elaborando sobre la experiencia de entrar al recinto de la Iglesia de San Pedro, tengo que admitir que la cosmovisión católica me confunde. Sé que a lo mejor tiene todo que ver con mis experiencias como niño, adoctrinado en una iglesia sin confesión específica pero totalmente protestante. La ausencia completa de estatuillas y adorno hace que cualquier entrada hoy en día a un recinto católico me resulta parecido a entrar a una casa llena de cachivaches (aunque en este caso, cachivaches dorados o sangrientos). En el recinto de memoria, el único símbolo cristiano era la cruz sobre el altar. Nada más, nada menos. Estudiando toda la iconografía santiaguera -y católica en general- lamento la escasez de símbolos en mi tradición, aunque tampoco diría que comprendo cómo se ha desarrollado un culto a personajes secundarios a la Trinidad, otro concepto que tampoco me parece tan monoteísta a veces. No es que abogue por el Adopcionismo de antaño, pero leyendo uno de los pamfletos que recibí del Arzobispado la semana pasada, me sorprendió que una de las metas de la Iglesia siguiera siendo la de propagar el rendimiento de culto a personajes como Santiago Apóstol durante una nueva altura en el avance secular. ¿No debería enfocarse en las figuras centrales al catolicismo en su búsqueda de una renovación espiritural del país? La figura de Santiago -¿todavía un portentoso símbolo nacional-religioso?- como elemento de marketing religioso no me parece muy eficaz. Siguiendo las calumnias de lutero, no veo cómo la reverencia o profunda admiración de personajes secundarios y hasta muy periféricos puede convertirse en un culto hacia ellos, especialmente, con respecto a Santiago, teniendo en cuenta la innegable construcción apócrifa de su personaje histórico. Por ende, a mi parecer de adoctrinado y agnostizado, la noción de construcción, la huella ficticia, parece sobrepesar cualquier manifestación concreta de lo sagrado, en personaje o en hecho. ¿Es acaso un legado de la Roma pre-cristiana lo que impulsa el florecimiento de este "coro" sagrado? Sin embargo, quizá sea ese viejo elemento de la inventio, la hierofanía, que impulsa el culto a tantos santos. Puede que estas figuras en carne y hueso (en su momento) representen una vía tangible a la fe e incertidumbre de lo sagrado. No puedo dejar de pensar que ese protestante alemán del siglo XVI no se llevaría tan mal en una sobremesa con un iman del Califato cordobés, al recordar la shahada: Lā 'ilāha 'illā-llāhu Muhammad rasūlu-llāh.Aunque me resulte extraño que personajes secundarios al pilar de la fe sean las vías escogidas por muchos para alcanzar un entendimiento de lo sagrado, tampoco puedo dejar de admitir que no me molestaría tener algunos cachivaches en mi tradición con los cuales pudiera identificar; ¿serían capaces de derretir un hondo agnosticismo?