Aunque necesitaba
la soledad del Camino cuando emprendimos nuestro recorrido de El Burgo Ranero a
León, tampoco esperaba encontrarme con gente que marcaría de manera positiva mi
experiencia de andar el mes pasado. Saliendo temprano la mañana del viernes del
hostal, me pacificó el ritmo constante de mis suelas sobre el piedrín crujiente
del camino, gozando de la soledad que poco a poco aliviaba mis preocupaciones
que tienden a hundirme de vez en cuando. Pensé en el tomo machadeano de “Campos
de Castilla” y seguramente me habría escapado a los
versos en mi cabeza si el camino se hubiera apartado de la carretera
secundaria, mi único compañero, hasta llegar al poblado de Mansilla de las
Mulas.
Irónicamente, la soledad que quizá haya
avanzado mi propia melancolía pudo aliviarla a lo largo de los días de caminar,
limpiando y filtrando a cada paso lo que me intoxica, me aterroriza y congela.
En estos momentos, el contacto social es más bien un castigo que trato de
evitar aunque mi estadía en Mansilla de las Mulas me introdujo a un hospitalero
alemán que lleva más de una decena de años en el Albergue Municipal de
Peregrinos y fue sólo uno de varios que contradijeron ese impulso de aislamiento. Wolf Schneider, con el cariño de un abuelo, preparó un baño para remojar
los pies cansados de un caminante alemán que estaba en medio del recorrido de
Roncesvalles a Santiago. Pocos minutos después, se dedicó a pinchar y vendar las
ampollas gigantescas y de los pies de Misaki y Tomoko, dos estudiantes
japonesas del español también con destino en Santiago. Me ofreció el mismo
servicio pero le negué, vergonzosamente admitiendo que había empezado ese mismo
día. Me preguntó de de dónde era y pronto llegué a entender que las fotos que
cubrían las cuatro paredes de su despacho / tienda / salón en el albergue
representaban una pequeña fracción de las amistades que ha entablado con
peregrinos de todo el mundo que habían pasado por el albergue. Esa noche,
preparando una pasta de transeúnte, hecha de bonito, salsa roja y un montón de espagueti,
disfruté de la compañía de Misaki, Tomoko y el alemán, permitiéndome unos
momentos de contacto social a base de un extraño pastiche de lenguas salpicado
por sonrisas y un poco de vino casero. Entre la soledad del Camino que me ayudó
a esclarecer los últimos meses, doy las gracias a ese fenómeno tan propio al
Camino de Santiago, donde uno se encuentra con un sinfín de personas de todo el
globo, todos oliendo un poco a sudor y sufriendo de diferentes niveles de
cansancio pero todos con esa misma alma tan entrañable de viajero en busca de
respuestas, dispuesto a dejarlo todo a un costado mientras disfruta del
contacto de los compañeros de ese día, tan efímeros como necesarios.

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